Hay un momento raro en el que dejamos de vestirnos como nos gusta y empezamos a vestirnos como creemos que "se debe". El día que pasa eso casi siempre coincide con el día en que empezamos a pensar de más en lo que van a decir los demás.

La buena noticia es que se puede desaprender. Y vale la pena, porque vivir pendiente del qué dirán cansa muchísimo.

Primero, el secreto que nadie cuenta

La gente piensa muchísimo menos en nosotras de lo que creemos. Esto no es para sentirnos poca cosa, todo lo contrario: la mayoría está tan ocupada preocupándose por cómo se ve ella, que casi no le queda cabeza para juzgarnos a nosotras. Ese ridículo que sentimos eterno, los demás lo olvidaron en diez minutos.

Tres cosas que sí funcionan

Pregúntate si esa persona va a importar en cinco años. La opinión de tu mejor amiga, sí. La de alguien que ni te habla, casi nunca. No todas las opiniones pesan igual, así que no hay que cargarlas todas.

Haz experimentos chiquitos. Usa eso que te gusta aunque sea raro. Da tu opinión aunque tiemble la voz. Cada vez que lo haces y el mundo no se acaba, tu cerebro aprende que se puede.

Cuídate de la trampa de copiar. Copiar a las demás para encajar parece seguro, pero tiene un costo escondido: te vuelve invisible. Nadie recuerda a la que era igual a todas.

No es de un día para otro

Que te importe menos la opinión ajena no es un interruptor, es un músculo. Se entrena de a poquito. Y cada vez que eliges ser tú en lugar de ser "lo que se espera", ese músculo se hace más fuerte.

Esto es solo una de las cosas que nuestro yo del futuro nos va a agradecer. Aquí están las otras 4.

Si te cuesta esto de no compararte, vas a conectar muchísimo con Catalina, la protagonista de "Guía de Campo para Entender a los Humanos" de Mara Solís. Tiene 13 y está aprendiendo justo a dejar de actuar para los demás.
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